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Entorno Balnearios Calatayud, agricultura centenaria

 

Marcial, el poeta bilbilitano que vivió tantos años en Roma, añoraba desde la ciudad imperial donde se codeaba con los más poderosos, las delicias de la vida rural a orillas del Jalón. Al evocarla desde la lejanía pensaba en los montes y en la caza, pero, sobre todo, en la dulzura de la vega bien cultivada. Ahora esta vega, contemplada desde la misma ladera de Bílbilis que conoció el poeta, sigue ofreciendo un paisaje espléndido de parcelas donde las hortalizas y los árboles frutales crean una geometría viva de extraordinaria armonía. La misma que ofrecen las riberas de los ríos de la comarca: los manzanos, los melocotoneros, los perales y otros frutales cubren también los campos regados que flanquean el Jiloca, el Ribota, el Perejiles o el Manubles.
En estas vegas los regadíos son muy antiguos: los conoció ya Marcial cuando Roma estaba en su apogeo y los mejoraron, siglos después, los árabes. Las viejas huertas han ido mudando sus producciones y en la actualidad las riberas regadas se destinan, sobre todo, a la producción de fruta. En las dos últimas semanas de marzo, cuando florecen la mayoría de los árboles, las vegas se convierten en un mosaico de tonos efímeros que da gusto contemplar ascendiendo por las laderas.
Desde siempre, la vega del Jalón ha sido famosa por la calidad de su fruta, entre la que destacaba la de Campiel, especialmente sus melocotones y albaricoques. Aunque Marcial fue el primer apologista de su fruta, hay que constatar que no era por amor a su tierra, sino por su calidad que ha permanecido a lo largo del tiempo. En el siglo XVI hay constancia de que se exportaba a Valencia y la Corte de Madrid.
Hace ahora dos siglos, uno de los cultivos más importantes de la ribera del Jalón en Calatayud era el cáñamo, cuyos antecedentes se remontan al menos hasta mediados del siglo XIV, y cuya cosecha a finales del XVIII se estimaba en 80.000 arrobas. Su calidad hacía que los cabos fabricados en Calatayud tuviesen una justa fama, por cuyo motivo la Armada y la marina mercante en general, incluso de otros países, se abastecían de los fabricados en dicha ciudad.

 

En las vertientes donde no llega el riego la geometría floral de las parcelas crea paisajes espléndidos con sus colores mudables. Los numerosos viajeros que recorren la autovía suelen quedar admirados, si pasan a finales de invierno o en primavera, por la delicadeza de las flores de los almendros y de los cerezos trepando por las oscuras laderas de El Frasno o de Aluenda. Los almendros muestran el mismo esplendor efímero de sus flores, abiertas en pleno febrero, en el entorno de Alarba, en las laderas que vierten sus aguas al río Grío y, en general, por toda la comarca. Cerca de Inoges y de Santa Cruz de Grío, sobre suelos pizarrosos, el espejeo de los cantos- como pétalos de azabache- bajo la blancura delicada y casi transparente de las flores de los almendros crea juegos de luz inolvidables.
En el secano también abundan las vides. Hay muchas en torno a Castejón de Alarba, cerca de Aniñón y en casi toda la Comunidad de Calatayud. Los vinos de la comarca, que cuentan con denominación de origen, gozan de la buena fama de todos los caldos del piedemonte ibérico, donde el clima y los suelos ofrecen excelentes condiciones para la viticultura.

Hay extensas franjas de olivar en las laderas, por encima de las vides y de los almendros o conviviendo con ellos. Trepan por las vertientes de los valles, dominando las vegas fluviales hasta media ladera, sin llegar a alcanzar las partes altas de las sierras o los páramos. En torno a Sediles crece un olivar excelente y también entre Tobed y Codos los olivos caracterizan el paisaje de la falda de la montaña.
El cereal, además de aparecer mezclado con los cultivos ya citados, domina las altiplanicies o las suaves ondulaciones de las tierras que enlazan la comarca con los páramos meseteños de Guadalajara y de Soria. En ocasiones, como sucede en torno a Campillo o Abanto, el cereal es el dueño absoluto del paisaje, pero a veces, los campos están moteados por encinas o por sabinas. Así sucede entre Cetina y Sisamón, especialmente en las proximidades de Cabolafuente, donde las manchas oscuras de las carrascas, destacando sobre el trigo o la cebada en la suavidad de las laderas, componen escenarios muy armoniosos.


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