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Gastronomía Balnearios. Chocolate en el Monasterio de Piedra

Actividades Balnearios. Monasterio de Piedra y el chocolate.

 

La mayoría de personas que visitan el Balneario de Paracuellos tienen una visita obligada al parque natural del Monasterio de Piedra. Este es sin duda uno de los parajes más singulares de la península por su belleza natural, saltos de agua, cascadas, lagos, etc. Pero lo que la mayoría de estos visitantes desconoce es que el Monasterio de Piedra fué el primer lugar en Europa en elaborar chocolate.

 

A continuación desde el blog del Balneario de Paracuellos mostramos esta curiosa historia. El Balneario de Paracuellos se encuentra a tan solo 30 Km del Monasterio de Piedra

 

Los Monjes del Chocolate

 

Noelia Fragosa. Actualidad Media S.L

La cocina del Monasterio de Piedra tuvo el honor de ser la primera de Europa donde se cocinó el cacao traído de América. Un monje del Císter que acompañó a Hernán Cortés a México lo envió al monasterio junto a su receta y el abad del monasterio dio a probar este manjar a los monjes, que se encargaron de convertirlo en costumbre.   
El Monasterio de Piedra fue el lugar de Europa, año 1534, donde por primera vez se elaboró el chocolate en su cocina monacal. La historia cuenta que un monje del Císter, que acompañó a Hernán Cortés a México, Fray Jerónimo de Aguilar, envió el primer cacao, junto con la receta del chocolate al abad del Monasterio de Piedra, D. Antonio de Álvaro. Fueron los monjes de este insigne cenobio los primeros en probar este manjar.

 

Estos monjes del chocolate se diferenciaban en varios cargos como el abad, quien era el padre de comunidad elegido por los monjes; el prior, que elige el abad, siendo el primero de los monjes y asistido por un subprior. Asimismo, las cuentas de la abadía eran llevadas por el tesorero y su portavocía e intendencia por el cillerero.

 

Además, un sacristán ordenaba las actividades eclesíasticas, elaboraba las ostias y llamaba a la oración; mientras que el hospedero recogía a los huéspedes; el portero guardaba la entrada de la abadía y el enfermero además de curar, recogía las plantas medicinales y preparaba fórmulas.

 

La educación no era dejada de lado por el monasterio, ya que poseían un maestro de novicios y un chantre que se encargaba de dirigir el coro durante los oficios, organizaba las procesiones y conservaba los libros.

 

Toda una serie de cargos para distribuir las funciones dentro de la abadía y que les permitiera realizar sus ideas básicas: la de la búsqueda del retiro y la pobreza para llegar, a través de la oración, a la comunicación con Dios.

 

Su vida monacal estaba marcada por ocho momentos. Los maitines a las 2.00 y 3.00 horas de la madrugada; los laudes al amanecer; la prima, al salir el sol al principio de la jornada; la tercia por la mañana; la sexta a mediodía; la nona después de comer; las vísperas al final del día; y las completas antes del descanso nocturno.
 
Éstos pasaban su vida entre la Liturgia de las Horas y el resto del tiempo se dedicaban a la lectura de los textos sagrados, la lectio divina y el trabajo manual. Son los propios monjes quienes realizan el trabajo de cultivo de los campos que rodean el monasterio. Los monjes pueden ir a las granjas a trabajar aunque normalmente son los conversos lo que lo hacen.
 

La sala capitular era el centro de reunión de los monjes, donde confesaban sus pecados y recibían sus castigos. Además, no podían ver el exterior desde el monasterio por lo que era de alabastro, ya que difumina la luz y la envía hacia todas las direcciones, la ventaja que tiene es que deja pasar la luz, luz blanca ( la luz celestial del Cister), les protege del frío pero sin permitir ver el exterior.

 

 

Varias veces vieron las paredes del monasterio salir a los monjes de allí, aunque en ese lugar vivieron 700 años desde 1195 a 1835. La primera vez fue en 1808 con la Guerra de la Independencia, el Monasterio es ocupado por el ejército francés; la segunda es en 1820-1823 durante el trienio liberal y definitivamente en 1835 con la desamortización de Mendizábal que expropió todas las tierras a las órdenes contemplativas y las vendió en subastas públicas, ya que el Estado necesitaba dinero tras la pérdida de las colonias.

 

 

Ésa fue la última vez que los monjes del Císter vagaron por los pasillos del Monasterio de Piedra, desde donde contagiaron a toda su Orden del gusto por el chocolate, y no el dulce que comemos hoy, sino un chocolate amargo que mezclaban con especias como la pimienta.


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